El verano y el calor no dieron tregua en este febrero y por momentos se me hizo difícil sentarme a leer. Me dí cuenta por qué: más allá del calor insoportable que no dan ganas de hacer nada, no estaba enganchada con las lecturas que estaba teniendo. Con una llegué hasta el final, porque por momentos repuntaba y me daban ganas de seguir. La otra la abandoné, sin culpas, sin problemas, sin conflicto alguno. No podía avanzar y me estaba generando un bloqueo que no estaba dispuesta a darle protagonismo. Superado ese trance, el mes fluyó con dos premisas involuntarias: en amarillo y en una temática común.
EN LA TIERRA SOMOS FUGAZMENTE GRANDIOSOS, de Ocean Vuong
En la tierra somos fugazmente grandiosos es una carta extensa en la que el protagonista repasa la historia de su vida y de su familia, inmigrantes taiwaneses que han sobrevivido a la guerra. Sabe que su madre, la destinataria de esta carta, no podrá leerla y por eso cuenta todo lo que cuenta: su despertar sexual con Trevor, su homosexualidad asumida, el doble bullying y maltrato que sufrió en el colegio por ser extranjero y gay, la mirada que tiene de su propia madre y de su abuela.
Con un lenguaje lírico y en una prosa fragmentada, los recuerdos brotan a borbotones, con fuerza y sin contención. Como una catarsis. Así sabemos de la historia de su abuela (la que más me gustó), la de su madre y la propia. Y sin embargo, no terminó de convencerme. Por momentos se me hizo tedioso, pesado, reiterativo. A mi gusto, le sobran páginas. Pero, nobleza obliga, encontré frases bellísimas como ésta:
"Si, comparada con la historia de este planeta, una vida individual es tan corta, un abrir y cerrar de ojos, como suele decirse, entonces ser grandioso, incluso desde el día que has nacido hasta el día en que te mueres, es ser grandioso durante un tiempo muy breve".
EL LECTOR, de Bernhard Schlink
Una historia de amor, un juicio y el después. Me preguntaba hasta dónde conocemos a quienes tenemos al lado, qué sabemos de su vida, qué hace cuando no estamos juntos.
Michael, un adolescente de quince años, se enamora de una mujer, Hanna, que le dobla la edad y con la que vive un amor clandestino. En cada encuentro, él le lee obras como La Odisea y Guerra y Paz en voz alta, previo a hacer el amor, lo que se convierte, junto con el baño, en un ritual que ambos disfrutan. No me voy a seguir explayando con el argumento porque lo lindo de una historia es ir descubriéndola a medida que la vamos leyendo, pero me queda rebotando la idea de qué o cuánto somos capaces de soportar con tal de no revelar un secreto que nos pesa en el alma pero lo seguimos cargando como una mochila de piedras.
"Cuando ella se dormía sobre mí y callaba la sierra del patio, cantaban los mirlos y los colores de los objetos de la cocina dejaban paso a tonalidades de gris más o menos oscuros, me sentía completamente feliz".
El lector está dividido en tres partes y abarca varios años en la vida del protagonista. Somos testigos de su evolución y madurez; nos comparte sus reflexiones, sus dudas; se enfrenta a su pasado. Y todo esto, envuelto en el halo horroroso de la guerra.
Tiene su adaptación cinematográfica, estrenada en 2008, con la maravillosa Kate Winslet interpretando a Hanna y David Kross y Ralph Fiennes poniéndole el cuerpo a Michael en su juventud y adultez. Quiero verla pronto.
LA ANALFABETA, de Ágota Kristóf
El lector me llevó directamente a La analfabeta. Hanna guarda un secreto (bueno, en realidad son dos) y perdón por el spoiler, pero no puedo seguir sin mencionarlo. Ella no sabe leer (el segundo secreto no te lo cuento), por eso le pedía a Michael que le leyera. Automáticamente me acordé del libro de Kristóf y fui a buscarlo.
Es un libro muy corto -se lee en menos de lo que te dura un termo de mate- y en él la autora reúne once relatos autobiográficos de once momentos fundamentales de su vida, donde nos cuenta desde su infancia en Hungría hasta el exilio en Suiza.
"Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años".
Que sea breve no significa que pase de largo. Es un libro que cuando llega, se queda. Es la maestría de decir mucho con poco. Es la ternura, la felicidad, la soledad y el horror, todo junto. Me sorprendió gratamente la pluma de Ágota, seguro que seguiré con Klaus y Lucas en algún momento.
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Los tres libros que leí tienen un hilo conductor que se me dio involuntariamente entre los dos primeros y disparó la lectura del tercero. En los tres se presenta el analfabetismo y el horror de la guerra. En En la tierra somos fugazmente grandiosos, el protagonista le escribe a su madre analfabeta, que no pudo tener educación porque la guerra le truncó sus estudios cuando era pequeña. Desconocemos los motivos por los cuales Hanna, de El lector, no sabe leer, pero se puede deducir que por su origen humilde nunca recibió la educación adecuada. En cambio, La analfabeta de Ágota Kristof nos presenta un caso diferente. Su analfabetismo refiere a su condición de exiliada y el desconocimiento absoluto del idioma del país que la recibió. Tuvo que empezar de cero a leer y escribir para comunicarse y retomar sus hábitos de lectura y escritura.
Haber transitado febrero con una misma temática, aunque haya sido sin proponérmelo, fue una muy buena experiencia de lectura. Marzo no será así, ya lo sé, pero tengo la esperanza de haber elegido bien los libros para este mes.




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